Por: Viridiana Fierro Ruiz
Mi nombre es Renzo y estoy arto de lo “experimental”.
Cuando escuche por primera vez la palabra experimento tenía como 7 años. Mi padre hablaba con uno de sus amigos sobre unas semillas y su crecimiento, supuse que era sobre la planta que tenía en el invernadero de los abuelos, esa que cuidaba más que a mí y de la que tanto se quejaba mi madre. De ese experimento creo que hablaban, puede que también tuviera que ver con ese extraño olor que hasta después, cuando crecí, reviví, olí de nuevo en la prepa detrás de los baños en tanto la ruca que nos daba clase de Lógica adormecía a los que se sentaban enfrente con su aliento a pastillitas de anís.
“El experimento vale tres puntos” gritaba el profe de física cuando cinco minutos antes de salir a receso ya todos estábamos en la puerta. Yo gane los tres puntos y el primer lugar de experimentos en toda la secu. A Josefina le encantaba la idea de que yo fuera todo un cerebrito, yo solo lo hacia para gustarle. Me gustaba Josefina, me gustaba mucho.
Cuando estaba en la primaria pasaba las tardes viendo un programa. Un hombre con los pelos de punta y una bata de laboratorio de color verde era todo un show “experimental”, por supuesto con un ayudante (una chica rara que gesticulando exageradamente) e irónicamente una rata de laboratorio, una rata en un programa de experimentos. En ese entonces amaba los experimentos. Una vez me paré en medio del patio sosteniendo un gancho de ropa con mi mano derecha mientras llovía. Cerré los ojos. Experimenté. Mis amigos y yo recolectábamos las cascaras de fruta que se quedaban en el bote de basura del salón y las guardábamos en una caja, después de varios días, la abríamos. Experimentamos. Cuando entré a la universidad, me enamore de Mariel. Tenía una banda de rock, ella y sus amigos decían llamar a su música “experimental”. Era un experimento, podría o no funcionar debido a que no se habían hecho investigaciones profundas ni se había recorrido a la estadística, a la ciencia. Es más, no se sabía si de ese experimento podrían obtener algún resultado, lo experimental de su razón era incierto y eso era “experimental”, no existen los resultados, era solo una pinche banda de rock. Por supuesto yo estaba embobado con Mariel, entonces yo busqué el rollo experimental, lo diferente, lo que yo creía que estaba más allá de la realidad, de lo cotidiano, fuera de lo que le gustara al populacho, lo excéntrico, la locura total o la pasividad demencial, un absurdo tal vez, un mal chiste, algo que no fuera del montón. Comencé a ver cine de arte, a escuchar géneros musicales varios, a leer, me involucre con un grupo de artistas callejeros y participe en sus montajes experimentales; fotografía, pintura, danza, teatro. Hasta que conocí a Rogelio. Salido de un antro de olores penetrantes, en medio de la explosión visual, parido por la vanguardia, preocupado por la fatalidad de la existencia y con un claro objetivo en la vida, darle el toque experimental a su vida y a las de los demás, Rogelio se hizo mi amigo. Rogelio me quería. Después muere en un viaje experimental, algo que involucro un circo y globos aerostáticos, fuego, mucho fuego.
Cuando mi madre murió, entristecí cinco punto ocho por ciento, más de lo que entristecí por mi padre cuando desapareció. La mayoría de los amigos de la familia son productores de flor. La casa se llenó. Desde entonces mi vida era un caos y escribí una obra sobre mi experiencia, mi experimento, mi expresión, ¡no saben!, me salió tan experimental:
Monos danzando sobre la tumba de mi madre, mofándose, eran los monos de la imaginación de mi padre, los reptiles en el desierto en uno de sus viajes, el escenario verde y el humo descendiendo de una gran mata seca. Después, las flores cayendo del techo y el cuchicheo, se desbordaba el chisme del néctar de esas flores, interferencia, todos lloran, ríen. Y los anchos pistilos, gigantescos estambres, la orgia.
Aquella fue mi primera obra artística, abucheada, fue la única. Mariel me ayudó a montarla y cada día me enamoraba más de ella, no por el desmadre ese que se traía con la banda, porque al parecer eso mata gente, sino que ella producía tanta adrenalina en mí, la química de mi cuerpo estaba en completa armonía con solo tocarla. Su banda comenzaba a ser famosa perfilaba ya en las filas de artistas en busca de lo “auténtico”. Aunque yo ya estaba arto de eso.
Mariel me dejo, se enamoró de Víctor Hugo, un cineasta. Cine de arte.
Abran sus libros en la página 78, esa es la práctica de hoy.
Alumno- profe, traigo las reglas del laboratorio. ¿Las reparto?
Renzo (profesor de química)- sí, por favor.
Tomas un fenómeno, lo manipulas, como consecuencia los resultados son alternativos a una realidad cotidiana o incluso pueden ser iguales (total, ya los manipulaste) y ahí lo tienes; “un rollo acá bien experimental”.
wow!!!
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