Viridiana
ME
domingo, 22 de mayo de 2011
A las 7 y algo pm...
Hoy, aproximadamente a las 7:10 de la noche salia del trabajo rumbo a casa con la cara grasosa, el gesto caído y jorobada, lo único que queria era llegar y echarme a la cama. En lugar de eso, me apetecio caminar un poco. Después de buscar una banquita vacia en la placita del pueblo para posarme y aprovechar los pocos minutos de luz antes de que anocheciera, me dispuse a leer las últimas páginas de un libro. Había mucha gente, los niños jugando futbol mientras decian palabrotas como: "¡pásala puto!", "¡no mames wey!", "¡ira pendejo!", las señoras con su pan para la merienda, los chavos queriendose topar con alguna chica y coquetear un rato, el sonido de las maquinitas, el olor a comida de algunos puestos de garnachas aislados, entre otras cosillas. A pesar de toda aquella loquera, me meti en mi lectura, lo curioso de esto es que ridiculamemte estaba ahí, sentada, a las 8:00 de la noche, con las piernas cruzadas, leyendo a Vila-Matas , en la placita del pueblo.
“Robot”
Creo que era octubre, recuerdo la última película que vi contigo, era sobre unos seres extraños, babosos con cuellos largos y mandíbulas alargadas, terribles, muchos dientes. Estábamos en tu departamento y me abrazaste, pero la sensación era distinta, era como si fuera el primer abrazo que me dabas, te sentí nerviosa, tus piernas sobre las mías, temblaban.
Aquella vez en la que hablábamos de androides y de Karel Capec, me atrapaste de que eras la indicada, me hipnotizó la forma en la que hablabas de ellos y de cómo con tanta ligereza el tema de los robots era parte de ti.
Hablabas del amor entre los humanos como algo inalcanzable para ti, como si estuvieras programada sólo para complacerme, pero no para sentirme, acariciarme, hablarme al oído, pensé que sólo existías para seguir órdenes. Siempre te consideré dócil, eso alimentaba 30% de machismo que llevo dentro, pero ahora me extraña y comienzo a hilar las ideas, me parece que fueras un robot, un androide, sólo tienes la apariencia de un ser humano, pero ahora, con todo lo que ha pasado, no dudo ni un segundo que así sea. Imitas algunas conductas de los humanos, eres escéptica.
He contado tus discursos, has repetido un par de veces “el futuro que nos depara” y unas tantas más, las conclusiones que sacaste después de leer “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez.
Recuerdo aquel día en que me acompañaste al “Hotel”, tardé varios días en convencerte, en meterte en la cabeza mi propósito, pero parecías no entenderlo, hasta que me enoje. Levanté la voz. Ahí estuvimos, te pude contemplar como nunca lo había hecho. Tus cabellos rojos en la almohada blanca, tus ojos cerrados, siempre. No decías nada, pero podía ver como mordías tus labios. Esa madrugada soñé que te mordía y podía ver los cables salir de tus brazos y sacar chispas. Cuando te tomé por la espalda y vi tu cuello, algo se veía salir, era un pedazo de metal. No me sorprendí, sabía que era un sueño, así que lo toqué, lo quise extraer, ¡las pinzas, rápido, las pinzas! De pronto yo tenía una bata, unos lentes y tú estabas en mi mesa de experimentos. Tu cuerpo glorioso, sobrehumano, sabía que algo andaba mal, tenía que abrirte el esternón, no tenías pulso. Cuando estaba apunto de colocarte el corazón que diseñe para ti, desperté., o al menos eso pensé. Algo se repetía, no estábamos ya en mi laboratorio, estábamos en tu departamento, yo tenía unas tijeras y volví a la escena del metal en tu cuello, lo extraje, tú no soltaste ni un quejido. Había sangre aunque los pequeños cables de tu brazo izquierdo, ya no sacaban chispas, seguían ahí, eras un robot, ¡un robot! Me repetí miles de veces. Desperté. En el “Hotel” te tuve en mis brazos te contemple y me hablaste de ciencia, eras como una enciclopedia, te pregunte cosas, conversamos, me tocabas, no parabas de sonreír. Desperté.
Cuando se trata de inventar excusas sobre por qué el amor se acaba o por qué las cosas ya no son como solían ser, la idea de que Eva haya sido un robot al que ame, adore y suplique tener a mi lado, a pesar de todo, funcionó.
Por: Viridiana Fierro
sábado, 14 de mayo de 2011
Gregorio y el origen del mundo
La ventana de la cocina que, casualmente da al traspatio en donde esta el comedero de los cerdos, de la casa de Gregorio, está rota, algún malandrín dejó caer un tabique de esos rojos que están en la construcción de al lado, sin querer. Esta es la tercera vez.
Son casi las 6:30 de la mañana y Gregorio tiene que salir, se le ha hecho tarde como siempre para ir al raspar el maguey. Se frota los ojos, bosteza y echa sus cosas encima de Candy (su mula). Una nueva idea alberga en su cerebro, rebota entre las demás como si no supiera donde estacionarse, la parte de su cerebro que resuelve los problemas está llena, la de la memoria acaba de ser clausurada por el mal recuerdo de aquella mujer, pero en su hemisferio cerebral derecho, la parte de lo artístico y de la imaginación, ha sido desalojada.
Se escucha a lo lejos un avión, Gregorio levanta la mirada al cielo y al mismo tiempo que ve el avión un ave pasa muy cerca de él.
¡Aja, con que sí!, ese avión le copio a este pájaro– dijo Gregorio de manera burlona.
Al llegar con el compadré Constantino, ocurrió algo muy raro. Gregorio tuvo unos mareos, vio la cara de su compadre hacerse chiquita y grandota, de pronto Candy le habló y en esos momentos fue que le llegó la idea que les dije al principio, se alojó, se dejó caer como un bulto de cemento. La idea: el origen del mundo. Habría que preguntarse también cómo era que a aquel hombre canoso, flacucho y dormilón, cuyas tres esposas lo habían dejado en la banca rota por borracho y con una novia llamada Consuelo, hija de compadre Próspero que en paz descanse, la cual tenía ya tres chilpayates desde n’antes de conocer a Gregorio, y que desde hace una semana que se habían agarrado del chongo, iba a pensar semejante cosa, a sus 48 años Gregorio pensando en el origen del mundo.
Gregorio no sabía nada sobre la teoría del big bang, no sabía que el planeta tierra es el tercero del sistema solar, no sabía nada sobre los dinosaurios y mucho menos sobre la evolución, o tal vez de manera indirecta sabía que su estirpe había evolucionado de tal manera que él caminaba más derecho que su abuelo Delfino y que le habían salido dos colmillos arriba de los que normalmente tenemos, esto, para poder morder mejor la carne, al menos eso creía. El recordaba que en la iglesia le decían que Dios había creado el cielo y la tierra y que por otro lado, el diablo existía y era muy, pero muy malo.
–¡Ah!…entonces el diablo creo a la mujer– decía.
En el preciso instante cuando el párroco estaba por decir en misa quién o qué había creado al hombre, a los animales y a las plantas, a Gregorio lo andaban buscando, era su madre que estaba enfadada porque él, junto con su mejor amigo de la infancia, habían cambiado unas gallinas por un par de tragos en la cantina. Gregorio ya no escuchó.
Tantas cosas que tengo en la cabeza, que apenas y podía pensar en el origen del mundo– Gregorio se dijo.
Al día siguiente, después de los mareos, él se levando como un zombi queriendo encontrarle respuesta a todo lo que pasaba a su alrededor, cosa que nunca había echo, la borrachera o las mujeres no le permitieron saber, tantas cosas que había ignorado desde el día de la misa. ¿Cómo es que el sol siempre esta ahí cuando me levanto? Tan simple como eso.
Andaba preocupado, le preguntaba a los compadres, a las comadres, a los niños que salían de la escuela (los que se espantaban y decían: “ahí viene el loco preguntón, ¡córranle!”). La comadre Prudencia, le decía: “mejor échate un pulquecito Gregorio y deja de andar pensando en tarugadas”
– ¿Que tal que venimos de otro planeta compadre?
– Ay pinche Gregorio, a ver, ¿cuantos planetas conoces?
– Ah caray, no pos si verdad (¿?).
Y así pasaron los días, Gregorio espantando a los niños a la hora de la salida de la escuela, molestando a sus amigos, tratando de explicarse ¿por qué llueve?, para qué estamos en este mundo, cómo es que surgió vida en el planeta y cómo éste se formó.
Un día antes de su muerte, Gregorio convaleciente por una enfermedad extraña, hizo a su compadre leerle un libro de ciencias naturales y uno de química, quería saber cómo es que se formaban las nubes y cómo se le llama al proceso en el cual el aguamiel se convierte en pulque.
El día viernes 13 de Mayo de 2004 Gregorio murió preguntándose que era la condensación, y qué son las bacterias.
Por: Viridiana Fierro Ruiz
martes, 10 de mayo de 2011
Lombriz sueña con tierrita
Crujía la casa, las vibraciones se agudizaban. Lombriz estaba contenta.
Con sus chapitas en los cachetes regordetes de durazno y de cabello rizado, Mina era una niña de 8 años que siempre soñó con ser una lombriz. Decía que quería vivir en las profundidades de la tierra en donde se pudieran escuchar los pasos de la gente, en donde pudiera ver cómo el agua se filtraba y como las raíces de los árboles y las plantas crecían, quería ver como una zanahoria asomaba su narizota, quería divertirse viendo cómo la raíz de un árbol tronaba el pavimento y terminaba con un poquito de urbanidad. Quería saber cómo es que se escuchaban las gotas de lluvia al caer al suelo; si aquello sería una experiencia aterradora o le parecería tan normal como el ruido que hace el maíz palomero cuando explota en la olla de las palomitas.
Después de la escuela Mina se tomaba el jugo de jitomate que su abuela le preparaba todos los días a la misma hora, estaba en la mesita esa de la cocina, fresco, con un poquitín de azuquitar, delicioso –esto que siento lo debe sentir el malvón del jardín cada vez que mi abue le da los sobrantes orgánicos. Se debe sentir nutrida, como yo me siento– decía Mina desde sus adentros, porque cuando lo decía en voz alta, su madre siempre le salía con un “¿de qué hablas hija?, ¿quién te dijo eso?, ¿fue la maestra?, tengo que hablar con ella para que te deje de meter ideas tontas en la cabeza”
Sucedió aquel día, Mina despertó a las siete con dos minutos, sintiendo un dolor en su pancita, estaba inquieta y varias veces le dieron ganas de llorar. Se preguntaba qué le podría estar pasando si se había portado bien y no había comido tantos dulces como de costumbre. “Mami me siento mal” decía con los ojos llorosos y puchero incluido. La madre de mina no había podido dormir por estar habiendo las cuentas de las mensualidades de la casa y venía arrastrando una bronca en el trabajo desde ya casi un mes. No le prestó atención, le ayudo a vestirse y le dio el desayuno.
Mientras caminaban rápido hacia la escuela mina se daba cuenta de que cada dos segundos su suéter se hacía grande, después de tres minutos había dejado los zapatos en el camino.
Mamá…mamá, mami, ¡mamáaaaaaaaaaaaaaaaa!
Cual cuento antes de dormir, Mina había pedido con todas sus fuerzas ser una lombriz la noche anterior al episodio. Con su cuerpo larguchon y rosado, Mina, la lombriz, se pasea por el jardín de la abuela saboreando los nutrientes y se sumerge en lo profundo de la tierra. A veces su mamá la lleva a una que otra jardinera de la cuidad para comprobar lo de las raíces de los árboles. Mina la lombriz digamos que es feliz, aunque extraña darle besos y abrazos a su mami y a su abuela, jugar a la comidita con sus amigas, volar un papalote o ponerse unos zapatos, es por eso que todas las noches sueña con tener brazos ó ser niña otra vez.
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