Creo que era octubre, recuerdo la última película que vi contigo, era sobre unos seres extraños, babosos con cuellos largos y mandíbulas alargadas, terribles, muchos dientes. Estábamos en tu departamento y me abrazaste, pero la sensación era distinta, era como si fuera el primer abrazo que me dabas, te sentí nerviosa, tus piernas sobre las mías, temblaban.
Aquella vez en la que hablábamos de androides y de Karel Capec, me atrapaste de que eras la indicada, me hipnotizó la forma en la que hablabas de ellos y de cómo con tanta ligereza el tema de los robots era parte de ti.
Hablabas del amor entre los humanos como algo inalcanzable para ti, como si estuvieras programada sólo para complacerme, pero no para sentirme, acariciarme, hablarme al oído, pensé que sólo existías para seguir órdenes. Siempre te consideré dócil, eso alimentaba 30% de machismo que llevo dentro, pero ahora me extraña y comienzo a hilar las ideas, me parece que fueras un robot, un androide, sólo tienes la apariencia de un ser humano, pero ahora, con todo lo que ha pasado, no dudo ni un segundo que así sea. Imitas algunas conductas de los humanos, eres escéptica.
He contado tus discursos, has repetido un par de veces “el futuro que nos depara” y unas tantas más, las conclusiones que sacaste después de leer “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez.
Recuerdo aquel día en que me acompañaste al “Hotel”, tardé varios días en convencerte, en meterte en la cabeza mi propósito, pero parecías no entenderlo, hasta que me enoje. Levanté la voz. Ahí estuvimos, te pude contemplar como nunca lo había hecho. Tus cabellos rojos en la almohada blanca, tus ojos cerrados, siempre. No decías nada, pero podía ver como mordías tus labios. Esa madrugada soñé que te mordía y podía ver los cables salir de tus brazos y sacar chispas. Cuando te tomé por la espalda y vi tu cuello, algo se veía salir, era un pedazo de metal. No me sorprendí, sabía que era un sueño, así que lo toqué, lo quise extraer, ¡las pinzas, rápido, las pinzas! De pronto yo tenía una bata, unos lentes y tú estabas en mi mesa de experimentos. Tu cuerpo glorioso, sobrehumano, sabía que algo andaba mal, tenía que abrirte el esternón, no tenías pulso. Cuando estaba apunto de colocarte el corazón que diseñe para ti, desperté., o al menos eso pensé. Algo se repetía, no estábamos ya en mi laboratorio, estábamos en tu departamento, yo tenía unas tijeras y volví a la escena del metal en tu cuello, lo extraje, tú no soltaste ni un quejido. Había sangre aunque los pequeños cables de tu brazo izquierdo, ya no sacaban chispas, seguían ahí, eras un robot, ¡un robot! Me repetí miles de veces. Desperté. En el “Hotel” te tuve en mis brazos te contemple y me hablaste de ciencia, eras como una enciclopedia, te pregunte cosas, conversamos, me tocabas, no parabas de sonreír. Desperté.
Cuando se trata de inventar excusas sobre por qué el amor se acaba o por qué las cosas ya no son como solían ser, la idea de que Eva haya sido un robot al que ame, adore y suplique tener a mi lado, a pesar de todo, funcionó.
Por: Viridiana Fierro
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